La última reforma aportó correcciones,
pero la brecha con el régimen general sigue entre los desafíos.
Hace exactamente dos
décadas se estaba debatiendo en la Argentina una iniciativa que se proponía
lograr una simplificación del esquema tributario para los contribuyentes de
menor capacidad económica y, a la vez, la inclusión de cuentapropistas que
estaban en la informalidad.
En estos días,
algunos tributaristas recuerdan que el Monotributo, el régimen que tras aquel
debate salió a jugar a la cancha fiscal en 1998, nació impulsado por la idea de
ser "un puente", que ayudara a profesionales, trabajadores de
oficios, comerciantes y emprendedores, a pasar de la economía no registrada al
régimen impositivo general.
Los vaivenes de la
economía argentina, las distorsiones que fue generando la inflación y el crecimiento
de la carga tributaria por conceptos varios, llevaron a que muchos se quedaran
"a vivir en el puente".
Más aún: en rigor, quedó desvirtuada aquella visión de un sistema de paso para
quienes comienzan una actividad. Y eso plantea ahora un desafío, por ejemplo,
para el sistema previsional.
Tras la aprobación de
la ley 27.346, de diciembre pasado (que dispuso algunas reformas), el sistema
de pequeños contribuyentes está en un período de instrumentación de cambios
referidos a cuestiones prácticas.
Entre las novedades,
hay medidas tendientes a lograr un mayor control por parte del Estado, y está
también el ajuste anual que, desde 2018, se aplicará a los montos de
facturación y de otros parámetros que definen quiénes pueden ser
monotributistas y qué categoría les corresponde.
Pero más allá de esos
cambios inmediatos, el Monotributo estará bajo la lupa en el debate de las próximas
reformas impositiva y previsional.
En la cuestión
jubilatoria, se considera que los aportes previstos en el sistema serán muy
insuficientes para solventar los compromisos asumidos por el Estado y que,
además, implican una desigualdad significativa con las más altas contribuciones
del régimen de autónomos, o con los pagos hechos al sistema por empresas y
asalariados.
Según los datos
oficiales, hoy hay más de 3 millones de personas anotadas en este régimen. Si
se considera a los que hacen regularmente sus aportes y son monotributistas
"puros" (no tienen, además, actividad como asalariados), son
alrededor de 1,5 millones, según las estadísticas publicadas por el Ministerio
de Trabajo.
Además, hay cerca de
400.000 monotributistas sociales. A mayo pasado, el número de aportantes había
crecido casi un 5% interanual, impulsado por la incorporación del régimen del Monotributo
al esquema de pagos de la Asignación Universal por Hijo (AUH), una medida
tomada en 2016 y evaluada como de equidad distributiva.
Uno de los ejes del
debate que vendrá y que anticipan los tributaristas en sus documentos de
trabajo es la necesidad de reducir la distancia entre los tramos finales del
Monotributo y el régimen general de impuestos.
"La carga
impositiva de un monotributista es considerablemente más baja que la enfrentada
por contribuyentes de similar capacidad económica incluidos en el régimen
general de los principales tributos sustituidos (IVA y Ganancias)", dice el economista Juan Carlos
Gómez Sabaíni, quien se ocupó del capítulo del Monotributo en un amplio informe
con propuestas para una reforma fiscal, publicado por la Asociación Argentina
de Estudios Fiscales (AAEF).
Tras los últimos
cambios, el sistema incluye a comerciantes con ventas de hasta $1.050.000
anuales y a prestadores de servicios con una facturación anual de hasta $700.000.
Hay también otros
parámetros a observar y tres condiciones que deben cumplirse: no vender bienes
cuyo precio unitario supere los $2.500, no importar productos y no realizar más
de tres actividades en simultáneo.
Más allá de lo que
los aportes puedan significar para el contribuyente, lo obtenido por el fisco
es poco si se mira la magnitud de sus ingresos.
"En 2016 el
componente impositivo del Monotributo representó el 0,8% de lo recaudado por
IVA y Ganancias, y el 0,5% del la recaudación total de impuestos",
describe Walter Agosto, economista e investigador del Cippec.
"El salto a
autónomos es brusco y se pierde competitividad, porque para alguien que se
propone pasar mientras otros se quedan en el Monotributo, la diferencia de
costos es importante", afirma el tributarista César Litvin, socio de
Lisicki, Litvin & Asociados.
Su recomendación es
que se disponga un sistema de escalones intermedios para ir del régimen
simplificado al general.
"Podría cobrarse
un IVA reducido y darse un trato diferencial", dice. Según su opinión,
debería descartarse una unificación de los sistemas del Monotributo y de
autónomos.
"Las
reglamentaciones nunca incentivaron la salida de las personas del Monotributo;
en la práctica, se prefiere a veces perder un trabajo antes que tener que dar
el salto a autónomos", señala Oscar Cetrángolo, economista y profesor de
la UBA a La Nación.
Establecer un esquema
de pase gradual de un sistema a otro es también una de las propuestas del
Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Ciudad de Buenos Aires.
En esa instancia intermedia "podría haber un régimen específico de facilidades
de pago, o una exención de actuar como agente de información y de retención y
percepción por cierto plazo o hasta que se alcance una determinada magnitud;
esas medidas alivarían las cargas financiera y administrativa del régimen
general", dice Eduardo Vázquez, integrante del Comité Ejecutivo de la
Comisión de Estudios Tributarios del Consejo.
Un documento de ese
grupo de trabajo señala que la última reforma legal dio respuesta a varias
cuestiones, por ejemplo, al disponer la actualización anual y automática de los
montos tope de facturación del sistema y de cada categoría.
Pero destaca que, a
la vez, siguen pendientes otras recomendaciones, como la de eliminar los controles
de la facturación acumulada y la eventual retención de IVA y Ganancias que
deben hacer quienes contratan a monotributistas.
Desde el Cippec,
Agosto coincide en que la última ley moderó problemas que había acumulado el
monotributo, tan distorsionado por la inflación.
El desfase entre el
sistema y la realidad provocó, explica el economista, la expulsión de personas
hacia el régimen general (sin tener necesariamente mayor poder contributivo
real), o bien hacia la informalidad y, además, generó que el sistema de
pequeños contribuyentes refugiara a "evasores encubiertos".
Hacia adelante, dice
Agosto, una reforma debería darle una vuelta de tuerca al sistema para reducir
las inequidades que se dan, por caso, en lo referido al sistema previsional.
Del componente
impositivo del aporte de los monotributistas, siete de cada diez pesos van al
pago de las jubilaciones y pensiones que gestiona la ANSES. Además, los pequeños
contribuyentes pagan su aporte previsional: hasta el año pasado era un monto
único para todas las categorías.
La última reforma
fijó el aporte de la categoría más baja en $300 y dispuso que, a partir de
allí, en cada escalón se adicione un 10%. Así, en la segunda categoría se paga
$330 y la cifra llega, en el caso de la facturación más alta, a 778 pesos.
En el régimen de autónomos,
los aportes de las dos categorías más bajas están en $1.186,29 y 1660,80 pesos.
En ambos casos, las
personas accederían, en caso de aportar por 30 años sólo a esos sistemas, a
igual ingreso futuro: la jubilación mínima (según la categoría, algunos
autónomos podrían llegar a cobrar algo más).
Según recuerda Gómez
Sabaíni, el aporte previsional del Monotributo se mantuvo en $35 entre 1998 y
2009. Al inicio de tal período, la jubilación mínima equivalía a 5,7 veces esa
cifra. Al final de esa etapa, la relación entre las variables era de 23,6
veces.
Luego, el ratio
volvió a reducirse y para diciembre de 2015 trepó a 27,4 veces. Gómez Sabaíni
concluye que, con ese diseño, hay poca viablidad, a mediano o largo plazo, de
"un esquema donde el monotributo se consolide como una alternativa
permanente". De hecho, el tributarista entiende que la adhesión al
monotributo debe ser "una alternativa de corto plazo".
A partir de la última
ley rige un factor de corrección para evitar el desfase del pasado: en
septiembre de cada año el valor del aporte previsional (y el del impuesto
integrado) se actualizará según el aumento anual que hayan obtenido los haberes
previsionales por aplicación de la ley de movilidad.
De todas formas, el sistema seguiría necesitando un subsidio. "Si alguien
estuviera 30 años, lo que aportó le daría derecho a menos que una jubilación
mínima" y entonces, debería completarse esa cifra garantizada por ley,
según Gómez Sabaíni.
Cetrángolo -que
considera que el Monotributo debería ser el último punto a considerar en la reforma
tributaria- advierte que también en el sistema de salud se produce una brecha
entre lo que se aporta y los costos de las prestaciones de las obras sociales.
El aporte individual para
la cobertura está en $ 419, una cifra que tuvo varias actualizaciones en los
últimos años.
Según los cálculos de la Superintendencia de Servicios de Salud, dar el
Programa Médico Obligatorio (PMO) tiene un costo promedio de alrededor de $900
por persona para las obras sociales.
Existe una compensación, explican en ese organismo, que no llega a elevar el ingreso
para la obra social al nivel del costo del PMO, y que se otorga con recursos de
un fondo al que aportan los asalariados.
Como esos subsidios
cruzados se darían también en el régimen jubilatorio, toma relevancia la necesidad
de que el Estado garantice, con un esquema lo más razonable y equitativo posible,
que no haya viabilidad para lo que no pocos llaman el "enanismo
fiscal", en referencia a contribuyentes que se ubican en espacios que los
obligan a pagar menos de lo que deberían.
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